lunes, 10 de septiembre de 2007

"...algún día me hablará mi corazón, y con un PALO y una FLOR me va a calmar..."


lunes, 30 de julio de 2007

El automóvil, cuerpo comprable, se mueve en el lugar del cuerpo humano, que se queda quieto y engorda; y el cuerpo mecánico tiene más derechos que el de carne y hueso.

Con las máquinas ocurre lo que suele ocurrir con los dioses: nacen al servicio de la gente, mágicos conjuros contra el miedo y la soledad, y terminan poniendo a la gente a su servicio. La religión del automóvil, con su Vaticano en los Estados Unidos, tiene al mundo de rodillas: su difusión produce catástrofes; las copias multiplican hasta el delirio los defectos del original.

Nunca tantos han sufrido por tan pocos. El transporte público desastrozo y la ausencia de carriles para bicicletas hacen poco menos que obligatorio el uso del automóvil privado, pero, ¿cuántos pueden darse el lujo? Los latinoamericanos que no tienen coche propio ni podrán comprarlo nunca, viven acorralados por el tráfico y ahogados por el smog. Las aceras se reducen o desaparecen, las distancias crecen, hay cada vez más autos que cruzan y menos personas que se encuentran. Los autobuses no sólo son escasos: para peor, en la mayoría de nuestras ciudades, el transporte público corre por cuenta de unos destartalados cachivaches, que echan mortales humaredas por los caños de escape y multiplican la contaminación en lugar de aliviarla.


Fragmentos de "Patas Arriba" de Eduardo Galeano.





Harto de depender del puto auto para todo, harto de torturame por no manejar. Harto de que me traiga problemas querer manejar, harto de estar mal por una máquina de mierda. Gracias por tanto Galeano.

domingo, 22 de julio de 2007

¿Eso? eso es el....

Cuento de Fontanarrosa narrado por Alejandro Apo en "Todo con afecto", programa que yo escuchaba cuando era más chico, los sábados a la tarde. Excelente el cuento y la forma de narrarlo.




jueves, 19 de julio de 2007


miércoles, 11 de julio de 2007

Colombina

Esta es una de las canciones más lindas que escuché en mi vida. La primera vez habrá sido allá por el 94 (o quizás por el 96) en un casette, matando tardes en La Pedrera. Con el paso del tiempo fui escuchándola una y otra vez en distintas circunstancias y cada vez me gusta un poco más.

En el tumulto de los husares de Momo,
encandilado por las luces de otro barrio,
aquél murguista saludando con su gorro,
se despedía, como siempre, del tablado.


Entre la nube de pintados chiquilines,
vio la sonrisa que enviaba una princesa,
entre los rostros de mezclados colorines,
dudó si era para él la Gentileza.


Y por si acaso dedicó una reverencia
a la muchacha que en la noche se quedaba.
En el momento de partir la bañadera,
volando un beso se posaba en su ventana.


Y paso a paso la ansiedad lo mal hería,
quedaba poco del nocturno itinerario,
uno tras otro los cuplés se sucedían,
se retiraban del último escenario.


Tiró el disfraz en el respaldo del asiento,
borró los restos de pintura con su mano.
Volando un "tacho" lo llevaba contra el viento,
la vio justito a la salida del tablado.


-"¿Cómo te va?", dijo el murguista a la muchacha
que lo cortó con su mirada indiferente,
le dijo: -"bien", y lo dejó como si nada.
Nuevamente la princesa se perdía entre la gente.


Que no se apague nunca el eco de los bombos,
que no se lleven los muñecos del tablado.
Quiero vivir en el reinado de dios Momo,
quiero ser húsar de su ejército endiablado.
 
Que no se apaguen las bombitas amarillas,
que no se vayan nunca más las retiradas.
Quiero cantarle una canción a Colombina,
quiero llevarme su sonrisa dibujada.


"Colombina" - Jaime Roos

jueves, 5 de julio de 2007

Justicia




En 1997, un automóvil de chapa oficial venía circulando a velocidad normal por una avenida de San Pablo. En el automóvil, nuevo, caro, viajaban tres hombres. En un cruce, los paró un policía. El policía los hizo bajar y durante cerca de una hora los tuvo manos arriba, y de espaldas, mientras les preguntaba una y otra vez donde habían robado ese automóvil.

Los tres hombres eran negros. Uno de ellos, Edivaldo Brito, era el Secretario de Justicia del gobierno de San Pablo. Los otros dos eran funcionarios de la Secretaría. Para Brito, esto no tenía nada de nuevo. En menos de un año, le había ocurrido cinco veces.

El policía que los había detenido era, también, negro.

Fragmento de: "Patas arriba. La escuela del mundo al revés".
Eduardo Galeano

viernes, 29 de junio de 2007

Noche

Supongo que alguna vez sintieron que podían ver más allá de la mirada de una mujer, y si por alguna razón todavía no lo hicieron no se lo pierdan, me alcanzan los dedos de un pie para contar los otros momentos en los que se siente que el sol sólo quema para uno.

Esa noche la miré, la miré y la seguí mirando, la miré y la seguiría mirando. Miré para los dos lados, pero fue cuando mezclé esa mirada con su risa cuando me di cuenta que las mujeres especiales no necesitan sal ni condimentos.

Supongo que alguna vez sintieron que el decorado se esfumaba, que iba borrándose poco a poco, no hay sonidos, no hay colores, no hay formas, está la mirada, y sobre todo está la risa. Esa noche en el bar el decorado había decidido escaparse hace rato, como hacen los amigos de verdad, sin comentarios o gestos de más.

Estábamos ella, yo, y mi necesidad de mostrarle que veía más allá de su mirada, y que el decorado me había dicho que nos dejaba solos. Creo que no me entendió, quizás sea inentendible, las sensaciones no nacieron para ser explicadas con palabras.

Ese fue mi error, hablar cuando sólo quería mirarla, hablar cuando era feliz con el silencio, hablar cuando apenas podía respirar.

Tuve un recuerdo lejano de un libro de Bioy Casares que decía que un hombre a los veinticinco años es un niño en el amor, mientras que las mujeres saben todo desde antes de nacer. Me apuré en pararme, "gracias" dijo la moza.

Un abrazo, un adiós, las calles vacías y esa irresistible idea de sentarme en otro bar a ver la vida de los demás pasar.

Me senté en la plaza, los cinco pibes que se reían no parecían preocuparse porque la gente que se dice normal duerme los martes a las 3 de la mañana. Yo no quería dormir, no quería volver a ver mas allá de su mirada en mis sueños, ¿queria llorar? no lo sé, desde jardín de infantes que me dicen que los hombres no lloran.

Pasaron tres horas, un par de colectivos, diecisiete cuadras y setecientas cincuenta y tres sensaciones distintas. Una idea corría adentro mío y no se dejaba agarrar, al pasar decía algo así como que el destino de los escritores era la tristeza, ¿desde cuando mis ideas creen en el destino?. Traté de no pensar más, en nada. No pude.

Me tiré en la cama, me saqué las zapatillas y así me tapé, puse play y escuché a Noble que cantaba: "hay ojos de mujer que castigan duro, y ella lo sabe tan bien como él". Seguro tiene razón.


(Hoy es todo tan distinto)